Thursday, May 27, 2010

Ya viene accendi, gestión de conocimiento

Transformando el conocimiento en valor

1.1. Quiénes somos y qué hacemos

Accendi es un grupo dedicado a mejorar la gestión del conocimiento a través de métodos que añaden valor y entregan resultados medibles y concretos.

Revisamos la eficiencia de los procesos donde se intercambia información/conocimiento, aplicando modelos que optimizan su estructura y facilitan su comunicación efectiva.

Además, fortalecemos las habilidades cognitivas de comunicación y lenguaje para que las personas adquieran herramientas eficaces para comprender, generar y difundir sus mensajes de manera más precisa y acorde a las necesidades de su área de competencia.


1.2. En qué creemos

Nuestra misión es contribuir a que las empresas e instituciones ganen competitividad por medio de su capital humano. Buscamos que su ventaja competitiva radique, antes que nada, en la capacidad de sus personas. Y eso, porque creemos que ésa es la mejor forma para responder a las exigencias del mercado de manera sustentable y acorde a los desafíos que tenemos por delante.

Vivimos en una economía donde el conocimiento no sólo es el principal factor del éxito, sino también un preciado recurso para satisfacer las demandas sociales, ambientales y culturales que se requieren para prosperar en el mundo de hoy.

Tuesday, March 18, 2008

Los 50 años de la televisión chilena


La revista Cuadernos de Información de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica, dedicó su último número al cumplimiento de los 50 años de la televisión chilena. Como editor, los invito cordialmente a leer los artículos que vienen en este número. No se arrepentirán. En especial, les recomiendo el texto de Pablo Corro acerca de la evolución de los realities chilenos, el de Patricio Cabello y Carolina Ortega sobre las relaciones de género en los dibujos animados, de Sergio Godoy sobre TV Digital, y el paper que escribimos junto a Pablo Julio y José Luis Santa María sobre la refundación de TVN 1990.

Si quieren tener una idea general más detallada, a continuación pueden leer la breve editorial correspondiente a este número.

"El 5 de octubre de 1957, la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (UCV) realizó la primera transmisión pública de televisión en Chile, durante la inauguración de una exposición científica. Para ese entonces, Chile era uno de los últimos países del continente en adoptar esta nueva y revolucionaria tecnología.

La razón de este retraso tiene que ver con el poco entusiasmo que despertaba la televisión en los miembros de la elite política, quienes no sólo la consideraba un “gasto” injustificado para un país pobre como el nuestro, sino que además, preferían no arriesgarse a los peligros del nuevo medio que aprovechar sus oportunidades concretas. Por muy iluso y añejo que esto pueda sonar el día de hoy, la verdad es que los dos principales temores frente a la televisión –que puede ser usada como herramienta de propaganda y “empobrecer” nuestra cultura– siguen tan presentes como hace 50 años. De hecho, nos es raro escuchar cada cierto tiempo a autoridades de toda índole abogando por regular sus perversos contenidos. Claro que esto, también lo vemos en la televisión.

Esto no es exclusivo de Chile. Críticos de todo el mundo han escrito miles de páginas advirtiendo que la televisión aliena al individuo, atrofia la imaginación, embrutece el juicio, promueve los instintos básicos y resiente el entramado social, entre otros males. Otros, sin embargo, han visto en la televisión una fuerza de democratización, pues es ese mismo carácter plebeyo y fariseo la que la ha convertido en el medio de las masas, vector de la posmodernidad y la cultura del consumo: un lugar que admite casi todo pero donde nada puede durar demasiado. De hecho, mientras el cine crea gigantes y la literatura produce verdaderos inmortales, las figuras de la televisión están siempre al borde del ridículo y la caducidad. Tal poder corrosivo tiene una importante significación política, como lo resume Shimon Peres al quejarse de que, si bien la televisión hizo imposible la dictadura, también hizo de la democracia algo insoportable.

Es probable que el miedo al ridículo esté detrás de la desconfianza de nuestras elites hacia la televisión. En los más de 30 años que hubo desde que se establecieron las bases del sistema televisivo chileno hasta 1990, el nuevo medio permaneció en manos de las universidades y el Estado. Esto porque, si bien la ley original de 1958, promulgada en el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, permitía toda clase de cadenas (claro que sujeto a la aprobación de Presidente de la República), luego se modifica en 1970 para darle la exclusividad a estas instituciones públicas. Incluso el gobierno militar, que llevó a cabo la liberalización de muchos sectores de la economía chilena, sólo abrió el mercado televisivo una vez que había perdido las elecciones de 1989 y estaba por dejar el poder. Lo interesante fue que, por el hecho de ser un país pobre, los canales no contaban con el suficiente financiamiento público, lo que los llevó a admitir publicidad y competir por las audiencias desde muy temprano. Esto hizo que la televisión Chilena fuese un caso bastante particular, mezcla de orientaciones de servicio público con la necesidad de atraer a las masas.

Hoy día en Chile hay 2.1 televisores por hogar, con un consumo estimado de 3 horas 31 minutos al día. A esto se suma el hecho de ser uno de los países de Latinoamérica que tiene mayor penetración de telefonía celular, TV de pago, computadores y conexiones a Internet. Además, en las dos últimas décadas se ha consolidado la democracia y doblado el ingreso per cápita, lo que ha venido acompañado de la masificación del crédito y el acceso a bienes de consumo por parte de gran parte de la población. En resumen, un país muy distinto al de 1957, más rico, abierto a los cambios y a los avances de la tecnología. Aún así, en lo que se refiere a la televisión, las autoridades siguen prefiriendo ser cautas –como por ejemplo, al posponer en varias oportunidades la definición de la norma de transmisión de TV digital por la señal abierta, algo que producirá profundas transformaciones en el actual sistema de medios.

En este número de Cuadernos de Información celebramos los 50 años de la televisión Chilena sin caer ni en la excesiva autocomplacencia ni en el alarmismo crítico. Los artículos aquí presentes examinan los fenómenos de nuestras pantallas analizando sus historias y personajes, formatos audiovisuales, estructuras simbólicas, implicancias políticas y razones económicas: todo con el afán de no quedarnos en el mero revisionismo histórico, sino abordar el tema desde una mirada interdisciplinaria que asume tanto los problemas de la actualidad como los desafíos del futuro."

Wednesday, May 31, 2006

Algo sobre terrorismo


Las definiciones tradicionales del terrorismo por lo general comparten tres elementos fundamentales. El término se aplica a un tipo particular de violencia que es ejercida sobre la población civil, por un grupo u organismo no-estatal, y con fines políticos determinados. Sin embargo, el panorama actual presenta algunos desafíos a las nociones que convencionalmente se han usado para precisar y comprender el problema.

Primero está el hecho de que el Estado, además de haber perdido su monopolio sobre el armamento, también ha perdido la exclusividad del uso legítimo de la violencia. En teoría, cualquier acto violento que tenga motivación política (para distinguirla del crimen común u organizado) y que sea ejecutado por una entidad no-estatal, puede ser catalogado de terrorista. De hecho, cuando el estado ha violentado a su población civil fuera del marco legal –como en el caso de los regímenes totalitarios fascistas y comunistas, o las dictaduras latinoamericanas de los 1970 y 1980– se ha denominado terrorismo de estado. En otras palabras, debe añadirse una cláusula de especificación.

Esta distinción aún es válida en la mayoría del mundo occidental que aún cuenta con un estado-nación sólido, con fronteras definidas. Pero no ocurre lo mismo en lugares donde el Estado se ha fragmentado o ha visto menoscabada parte importante de su soberanía. Ahí la situación se vuelve un poco más compleja.

En su diagnóstico sobre cómo ha evolucionado la guerra contemporánea, Mary Kaldor (New Wars. Polity, 1999) advierte que ésta es una donde no están claros los límites entre guerra clásica (violencia entre estados), crimen organizado y abuso de los derechos humanos contra la población civil por parte de grupos sub-nacionales. En Colombia, la ex Yugoslavia, o las zonas de África donde el estado ha sido fragmentado, ser un “terrorista” es un asunto de pertenecer a tal grupo o tal otro.

Irak es más peligroso hoy que cuando estaba Hussein porque la administración Bush no sólo descabezó el gobierno sino que también desmanteló el Estado. Eso fue un error si lo que se buscaba era la estabilización del país, pues sin un poder central que las aglutinara, las distintas facciones que componían el pueblo iraquí se vieron libres para competir por poder o autonomía. Ahora, además de que el golpe puede venir de cualquier parte, se han difuminado las líneas divisorias entre los distintos grupos armados. De hecho en Irak se ha vuelto cada vez más difícil distinguir entre bandas criminales, facciones sectarias de origen religioso, organismos terroristas, elementos insurgentes o de resistencia, e incluso miembros de las propias fuerzas armadas o la policía iraquí.

Lo grave es que, además de todo esto, la misma naturaleza del terrorismo parece estar cambiando. Los últimos ataques en Turquía, Madrid y Londres son indicios de que este se ha vuelto más letal e indiscriminado.

Según un estudio efectuado por la compañía de seguros AON en el cual se medía el riesgo de terrorismo a nivel global, en las décadas de los 1970 y 1980 la mayor parte de las organizaciones terroristas “calibraban sus ataques cosa de producir un derramamiento de sangre suficiente para llamar la atención, pero que no alienara el apoyo del público. En cambio ahora, hay un porcentaje cada vez mayor de ataques terroristas que han sido diseñados para matar la mayor cantidad de gente posible”

La perdida del monopolio estatal del armamento explica que haya más facilidad para contar con medios más destructivos, pero no el porqué de la motivación para usarlo. De la misma manera, un clásico escenario de anarquía implica un aumento de la violencia en cuanto cantidad, a modo de escalada, pero no necesariamente el uso de armas de destrucción masiva sobre la población civil.

Uno de los rasgos principales del terrorismo clásico era que funcionaba como una técnica para alcanzar fines políticos particulares y concretos. Además, estaba circunscrito dentro del límites del Estado –su enemigo era tal o cual gobierno. De este modo, el organismo terrorista convencional buscaba crear una atmósfera de terror e inseguridad que, por un lado, fracture la cohesión social, y por otro, incentive una reacción de las autoridades que a su vez traspase los límites de la legalidad. Así el poder público pierde legitimidad y la causa terrorista gana adeptos o refuerza sus filas.

Brian Jenkins, autoridad mundial en terrorismo y consultor de la RAND Corporation, sintetizó esto afirmando que lo que quieren los terroristas es a mucha gente mirando, no a mucha gente muerta. Se inscribía en el marco de publicitar una causa específica y generar represión. Por eso cuando ocurría un atentado en los 70 y 80, muy pronto aparecía algún grupo particular adjudicándose la responsabilidad –incluso a veces explicando sus motivos en pantalla. ¿Pero que sucede cuando nadie lo reclama? ¿Qué pasa si la publicidad de una causa política no es la primera prioridad, y el cálculo pragmático es reemplazado por una simple voluntad de causar daño?

John Geason en Nature of Modern Terrorism (2002, Blackwell), explica que los terroristas ya no buscan como objetivo conseguir fines (ends) sino simplemente infringir castigo (punishment). Al parecer, la enemistad no parece estar fundada sólo en una cuestión de hechos concretos sino algo más allá de los ribetes de la realpolitik. Se ha vuelto un problema emocional más que racional. Algo que tiene que ver con valores y creencias, y que es compartido por fundamentalistas islámicos, grupos nacionalista-separatistas y movimientos de extrema derecha al interior de Occidente.

Esto no debe subestimarse. Kaldor advierte como actualmente las tensiones ideológicas o territoriales están siendo suplantadas por una creciente tensión entre el cosmopolitanismo, basado en valores integradores, multiculturales y universales, y las políticas que reclaman poder político fundados en una identidad particular (la cual puede ser sub-nacional, de clan, religiosa o lingüística). De hecho, en la ex Yugoslavia hubo cooperación entre grupos étnicos rivales para deshacerse de quienes promovían integración, tolerancia y ciudadanía común. Eran vistos como enemigos porque proponían un sistema que amenaza las identidades tradicionales sobre las cuales se sostenían los distintos grupos en competencia.

La clave puede estar en que todos estos grupos tienen una actitud hostil hacia la globalización. Muchos de ellos, incluso, llegan a considerar como principal enemigo a las instituciones y las personas que la promueven. Los atentados en Turquía fueron cometidos contra la embajada británica pero también contra la sucursal del banco HSBC. El derribamiento de las torres gemelas se debió en gran medida a su carácter de símbolo del capitalismo liberal occidental. Más aún, los jóvenes musulmanes que cometieron los atentados el pasado 7 de Julio en Londres, ya ni siquiera iban contra monumentos o edificios públicos. Le asestaron un golpe a la telaraña indispensable para todas las personas comunes, el London Underground, el alma mater de lo que significa ser un londoner: vivir la ciudad de a pie. Juntos y revueltos unos con otros.

Tuesday, May 02, 2006

De aquí al 2026: primero está el petróleo

Desde 1986 The Economist viene publicando una edición especial anual donde hace un pronóstico de lo más relevante del año que viene. Como el 2006 se cumplen 20 años, el semanario decidió celebrar proyectando su mirada no sólo a los 12 meses siguientes, sino 20 años hacia el futuro, a cómo será el mundo en el 2026.

En cuanto a la distribución global de la riqueza, lo más interesante es que para el 2026 China habrá superado a Estados Unidos como la mayor economía del mundo.

The Economist Intelligence Unit pronostica que Estados Unidos seguirá siendo la economía más fuerte en términos de mercado y tipo de cambio (cómo las compañías intercambian y repatrían sus capitales). Sin embargo, al medirse según las tasas PPP o paridad de poder adquisitivo, es decir, el poder de compra que tiene el ingreso local, entonces China superará a Estados Unidos para el 2026.

En su artículo “The Geopolitics of 2026” (20th, p. 26), Mark Leonard intenta predecir cuál será el orden global del futuro próximo. Para eso traduce en términos de poder político las actuales tendencias económicas y se instala en una corriente de interpretación similar a la de Samuel Huntington (básicamente que en el mundo post-industrial son las diferencias culturales lo que predomina en determinar la identidad y estructura de las relaciones internacionales).

La tesis de Leonard es que, de seguir estas tendencias, el mundo del 2026 no tendrá una sola y clara potencia hegemónica, sino que estará dividido en cuatro polos o bloques: América (EE.UU. con sus amigos y lacayos), una expandida Eurozona, un bloque al alero de China, y por último algo que Leonard llama ‘Faith Zone’. Este último sería una franja o cordón que comprendería gran parte del Asia central, el Medio Oriente (conectado más que nada por el resurgimiento religioso), y los países musulmanes de África. Naturalmente, este cordón, geográficamente más difuso y políticamente más inestable que las demás zonas, será el lugar donde seguramente las grandes potencias midan sus fuerzas y balanceen sus intereses. Por ejemplo, a medida que China se desarrolle, reconoce Leonard, también crecerá su voraz apetito por recursos naturales y capital humano hasta llegar a una equivalencia con el bloque americano y europeo. Los tres se disputarán el petróleo, el agua y la mano de obra calificada a lo largo del siglo XXI.

Aunque Leonard no profundiza en el tema ni conjetura cómo se resolverán las disputas –si pacíficamente o por medio del conflicto, ya hay señales de fricción con respecto al acceso a las reservas globales de petróleo.

Aprovechando que Rusia no puede apretar sus antiguos dominios con la mano de hierro de la URSS, EEUU moviliza su maquinaria militar y económica, incrementando su presencia en el Asia Central no sólo con la guerra de Afganistán sino también ejerciendo influencia política y económica, como en el caso de Kazajstán. Aquella es una zona es rica en materias primas y recursos energéticos, además del corredor natural para la cooperación económica y militar entre China y Rusia.

China por su parte ha estado bastante tiempo asegurando su acceso a los yacimientos de petróleo preocupándose de no meter demasiado ruido. En África, por ejemplo, China lleva años presente en Nigeria, Angola, Chad, Sudán, Algeria, Gabón y Guinea Ecuatorial. La primera vez que esto se hizo significativamente público en los medios fue a raíz de la crisis humanitaria en Darfur, algo bastante reciente.

Sin embargo, a medida que China asume su status de superpotencia, va dejando de lado los reparos políticos que entorpecen su acceso a la energía que necesita para seguir llevando a cabo su intensa industrialización. En el año 2004 China usó 6.5 millones de barriles por día, sobrepasando a Japón como el segundo consumidor de petróleo del mundo (el primero es Estados Unidos con 20 millones de barriles al día).

La menor cautela en la estrategia energética de China ha llevado a que oficiales del gobierno Norteamericano hayan acusado públicamente al gobierno de Beijing de estar llevando a cabo prácticas ‘mercantiles’, un término nada amigable. La semana pasada apareció en el New York Times un interesante artículo de David Sanger que da cuenta de cómo el problema no es menor para Washington.

Más interesante aún es la guerra de Irak y lo que se está jugando en el altercado de EEUU con Irán. Visto bajo un prisma histórico y siguiendo a Leonard, ambas pueden interpretarse como dos etapas en el proceso de disputa por la energía de los grandes bloques. Más allá de los motivos electorales o diplomáticos, la oposición de los gobiernos de Francia y Alemania a la guerra de Irak tenía que ver con los tratos comerciales y el acceso privilegiado al petróleo iraquí con el que contaban ambas potencias europeas.

La reciente disputa de EE.UU. con Irán se debe principalmente al abierto desafío de Teherán, que aumenta su influencia en la zona (sobretodo en Irak) y sigue adelante con su programa nuclear, desobedeciendo a Washington. Pero también está el petróleo.

Invadir Irán no solo es caro y bastante peligroso considerando que la situación explosiva en Irak está lejos de apagarse -la anarquía y guerra civil están a la vuelta de la esquina. Una acción unilateral contra Irán tendría graves consecuencias para la imagen internacional de EE.UU., y radicalizaría aún más al mundo musulmán. Además de sus grandes reservas de crudo, Irán es políticamente sólido, su gobierno cuenta con el apoyo de la población (fue elegido vía elecciones libres), es el centro mundial del shiismo, y su gente (entre quienes hay grandes ingenieros, científicos y artistas) posee una fuerte y orgullosa identidad pues se sienten herederos de la nación persa.

A pesar de todo esto, Irán no actuaría tan resueltamente en la defensa de sus intereses si su presidente Mahmud Ahmadineyad no estuviera conciente de que al menos a dos de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU no les conviene votar en su contra. China tiene importantes inversiones y acuerdos energéticos con Irán (de hecho China es el primer mercado para las exportaciones de petróleo iraní), por lo que no dará fácilmente el vamos a una resolución que moleste demasiado a Teherán. Y Rusia, aunque diplomáticamente se sume a los esfuerzos europeos y haga de mediador, la verdad es que su relación con Irán es bastante provechosa. Rusia invierte en su sector energético, le vende armamento y está sumamente involucrada en el desarrollo de la industria nuclear iraní.

Por otra parte, la relación con Irán puede ser de mucha ayuda para que ambos, Rusia y China, extiendan su influencia sobre el Asia central y el Medio Oriente en desmedro de EE.UU.

Es verdad que hoy por hoy el balance de poder global está inclinado hacia EEUU y sus intereses. Pero el crecimiento acelerado de China y el encarecimiento del petróleo –dos tendencias que no muestran señales de cambio- es muy probable que terminen por equilibrar el mundo en tres bloques con un peso económico y político relativamente equivalentes. La situación de Irán y el problema que está generando ya nos sugieren que las cosas están cambiando.

Wednesday, April 12, 2006

Ciao Silvio



Algo raro pasa con los italianos. Algo que no deja de ser divertido. Todas las veces que he tenido la oportunidad de hablar con uno, le pregunto por Berlusconi. La respuesta es simpre la misma: ponen los ojos blancos, hacen el gesto Mamma mia y se ponen a hablar pestes de su primer ministro, a veces incluso de Italia. No me he topado con ninguno que haga lo contrario, que lo apoye o defienda. ¿Quién lo elige entonces?

La paradoja puede llevarse a términos macro. Berlusconi tiene a la economía italiana creciendo al 1%, ha abido recortes en gasto público lo que ha traido consecuencias sociales negativas en educación, salud y distribución del ingreso. Culturalmente, Berlusconi es el gran zar de la basura. A pesar de todo esto, ha estado más tiempo en el poder que cualquier otro primer ministro desde la postguerra. ¿Como lo hace?

Ciertamente, además de las ventajas que tiene el ser el hombre más rico de Italia, el tipo posee grandes cantidades de carisma personal e instinto mediático. Orgulloso de sus liftings e imagen de seductor, extrovertido, simpático, canchero y poco convencional. Alguien que ha triunfado en los negocios y en política, y que además, le gusta el payaseo.

Ahora le tocó perder. Romano Prodi ganó las elecciones.

Martin Kettle en el Guardian hace un interesante análisis del comportamiento de Berlusconi post-elección: A Very Italian Coup. Creo que vale la pena echarle una mirada.

Para quienes se interesen más por el tema, recomiendo el magnífico libro de Tobías Jones “The Dark Heart of Italy” (2003, Faber), quizás la mejor radiografía de la Italia contemporánea y el fenómeno Berlusconi.

Tuesday, April 11, 2006

Irán

Ojo con Irán. El país ha sido constantemente malinterpretado por occidente, y a veces esos errores pueden costar caro. El análisis que hizo Michael Anxworthy en el número anterior de Prospect magazine es lo mejor que he leído sobre el tema. Misreading Iran

Sobre simplificación periodística



Este año Cuadernos de Información (revista de la cual soy editor), se concentra en la simplificación periodística, es decir, cómo los contenidos que presentan los medios de comunicación no reflejan lo complejo de la realidad actual. Esa es la idea fuerza, el tema. Pero, ¿es tan así? ¿Podemos decir a ciencia cierta que el periodismo en general nos está presentando una versión sesgada e insuficiente del mundo, una visión que coarta nuestro entendimiento de él? ¿Es este sesgo algo nuevo, ha estado siempre, o se ha vuelto peor con los años? Y más importante aún, ¿quién tiene la culpa?

Parte del problema tiene que ver con condiciones de facto. Actualmente vivimos en la que quizás sea la época más dinámica y compleja de la Edad Moderna. La globalización avanza y con ello aumentan la interdependencia económica y el contacto entre las personas y sociedades. Los mercados se diversifican mientras día a día las redes de información extienden su alcance a los lugares mas remotos del planeta, haciendo que las culturas se crucen, mezclen, y también se enfrenten. Incluso dentro de los límites de Occidente, los principios y convicciones tradicionales pierden su exclusividad ante un múltiple escenario de verdades en competencia donde ninguna puede imponerse a ciencia cierta sobre las demás. De hecho el mundo de hoy se ha descrito como uno que se debate entre McDonald’s o Yihad, igualdad o crecimiento, sexo casual o abstinencia, la parroquia o el mall.

A este escenario hay que sumar el hecho de que los medios de comunicación están al centro del debate en torno a la globalización. Son ellos quienes tienen la sartén por el mango en la aldea global. Y esto no sólo porque el actual sistema no sería viable sin los desarrollos tecnológicos en información y comunicación (principalmente el desarrollo de una infraestructura de red satelital –que permite comunicación real time- y los grandes avances en digitalización y procesamiento de datos –que hicieron posible un formato único de almacenamiento y un radical abaratamiento de sus costos). Sino también por las consecuencias culturales, axiológicas, simbólicas, y de construcción de identidad que la creciente mediatización pueda tener en las distintas sociedades.

Ahora bien, si las industrias de información y comunicación han cambiado radicalmente estos últimos años, ¿es necesario que el periodismo también lo haga? Y si así ha sido, ¿de qué modo se han visto afectado el corpus de contenidos, de que modo se ha alterado la manera en que el periodismo hace referencia de la realidad? Más importante aún, su posible incapacidad de traducir apropiadamente un mundo que se vuelve más y más intrincado y complejo, ¿es intencional?

A grandes rasgos hay dos corrientes de interpretación. La primera dice que no, que si bien puede haber simplificación periodistica en algunos casos, el fenómeno no es generalizado. Lo que está ocurriendo es más bien una segmentación. Esta corriente de interpretación es principalmente analítica, esto es, que se dedica a describir y detallar lo que ocurre, y generalmente proviene de disciplinas como la economía, el media management, o las ciencias técnicas. El énfasis lo pone en la descripción de los cambios en la infraestructura tecnológica de los medios y sus modelos de gestión. Si bien aborda tangencialmente los cambios en los contenidos periodísticos y sus efectos sociales, cuando lo hace se concentra en la segmentación de las audiencias y la diversificación de los mercados (o cultural). No reconoce de manera tajante un fenómeno de simplificación periodística y, en el fondo, hay una visión optimista de los efectos del liberalismo económico, la globalización, y la influencia del mercado. Quizás por eso mismo esta perspectiva no se detiene demasiado en los medios masivos sino que destaca el potencial de internet, los blogs, la cultura del download, la interacción en línea, incluso la televisión satelital. El periodismo va cambiando de la mano con el mundo, se va diversificando en distintos canales, adaptándose, cambiando de piel acorde se va haciendo presente el futuro.

El problema de esta postura es que muchas veces peca de naif y puede ser bastante aburrida. La complacencia puede devenir en aridez teórica y pobreza crítica. No pega, no duele. Y esto en ocasiones lo lleva a uno a sospechar sobre quién está detrás de la investigación, quién la está financiando.

La otra corriente de interpretación, en cambio, considera que nosotros los ciudadanos comunes nos hemos visto limitados o coartados por un discurso periodístico que, debido a la concentración de los medios de comunicación, ha pasado más bien a ser una herramienta del status quo. Generalmente esta posición proviene de las ciencias sociales y como tal, no se queda sólo en la descripción sino que examina causas y efectos. Se asume al periodismo como servicio público, es decir se privilegian sus funciones educativas y de contribución a la democracia a través del escrutinio del poder. Al ser asimilado por grandes cadenas mediáticas, el periodismo pierde autonomía y debe privilegiar criterios como la rentabilidad y el entretenimiento. Ergo, se hace más ramplón, trivial, simple, e inofensivo. No es que haga un esfuerzo -de hecho le está dando a la gente lo que esta quiere- es simplemente que ahora se ve coartado para ir en dirección contraria. No puede revertir las tendencias sino que contribuye a que cada día exista una mayor brecha entre la élite informada y las masas entretenidas, a la despolitización de la población, y a la incapacidad de generar cambios en el sistema.

Esta visión de tono pesimista generalmente se basa en una visión favorable de la social democracia y el estado benefactor, el cual estaría encargado de redistribuir el capital cultural y la información. Globalización, liberalismo, y el libre mercado acentúan las desigualdades, y por eso hay una urgente necesidad de desarrollar mecanismos paliativos. Su principal falencia es que pone demasiado énfasis en los mass-media y las audiencias populares, sin profundizar en los fenómenos actuales que corresponden a la segmentación de audiencias o diversidad. Y si las trata, tampoco se detiene mucho en sus posibles ventajas sociales. Naturalmente, si nos dedicamos a ver los estelares prime-time de la televisión abierta, a leer el The Sun con sus noticias sobre los aerolitos con forma de órganos sexuales, uno puede llevarse una idea de que el mundo se ha vuelto una cosa un poco trivial.

Además, esta corriente crítica considera que los medios son actores sociales de cambio y democratización. Que deben generar participación y conciencia ciudadana, que son cruciales para el mantenimiento y desarrollo de la democracia. Todas estas afirmaciones se asumen como supuestos, los que muchas veces no vienen avalados por evidencia empírica.

Lo mejor de esta corriente es que destaca ciertas prácticas actuales que llevan a preguntarnos sobre la naturaleza del periodismo. Es una pregunta ontológica que pone el dedo en la llaga. ¿Qué es ser periodista? ¿Cuáles son sus atributos esenciales? ¿Cómo se diferencia de otros entes similares, como por ejemplo de un relacionador público, un asesor comunicacional o un publicista? ¿Qué define al periodismo? Qué se mantiene inalterado a pesar de que la realidad se vuelva más compleja y dinámica, a pesar de que cambien las tecnologías, los soportes, los modelos de gestión y los requerimientos de las audiencias.